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Peregrina -sin móvil- al fin del mundo

La propuesta de Esther Santiago me llegó en el momento justo, decía algo asi:

“Partiremos de Santiago a Finisterre, un camino milenario hacia el antiguo fin del mundo. Recorreremos juntos el Camino de las Estrellas en grupo…Un regalo para empezar a recoger  y dar fuerza a la semilla de lo que sembrarás en tu vida el próximo curso”

Yo ya empecé el camino hace siete años (lo conté aquí) pero tan sólo he recorrido las etapas de Navarra y me apetecía mucho retomar. Asi que me apunté a retomar por el final. El domingo 18 nos reunimos en Santiago de Compostela al atardecer y el lunes temprano comenzamos a caminar los 90 km que separan Santiago de Fisterra. Antes había tomado una pequeña decisión que me costó lo suyo: dejar mi teléfono móvil en Madrid. Confieso que durante el viaje en coche compartido ya empecé a notar mi síndrome de abstinencia, casi sin querer me llevaba las manos al bolsillo vacío y en varias ocasiones estuve tentada de pedirle a mi hija, que viajaba conmigo, que me dejara usar su teléfono.

En la primera reunión con las 14 personas que ibamos a andar el camino juntas me dieron ganas de coger cualquier teléfono para mirar lo que fuera un rato…No sabía que estaba tan enganchada.  Tanto que intenté mirar mi correo en el ordenador del albergue. Me fue imposible: resulta que si intentas acceder a tu gmail desde un ordenador nuevo google te pide un codigo que envia a tu móvil. ¡Si no tienes tu teléfono a mano no hay manera de acceder! La buena noticia es que el síndrome debió de durarme menos de 24 horas, con los primeros pasos por el precioso camino comencé a disfrutar de mi recién adquirida libertad.

Sin móvil ni camara de fotos empecé a caminar. Poco a poco se fue obrando el cambio. Mi atención empezó a centrarse en lo que tenía delante, y lo que veía era precioso, maravillosa Galicia. Robles centenarios, bosques frondosos, ríos en los que sumergirme  y nadar. Paso a paso me empecé a fijar además en las flores, eran preciosas y no podía hacerles fotos, así que me detenía a mirarlas con calma. Mariposas. Olores. Cuestas arriba y abajo, peregrinos y gente amiga con la que conversar pequeños tramos del camino. Calor, sed, cansancio, dolor en las piernas. Dudas. Cantos. Vacas. Alegría. Risas, muchas risas.

Mi mente cada vez más despejada y el tiempo cada vez más rico. Albergues, dormir con 20 o treinta personas más en grandes habitaciones compartidas, contenta de tener la cama de abajo en la litera. Concierto de ronquidos y pese a ello dormir como una niña. Más cansancio y más risas. Canciones y mantras, ir soltando con cada pisada. Respirando. A ratos recuerdos, y sensación de cambio. Qué paz mental cuando no miro una pantalla en todo el día. Qué maravillosa sensación, pensar libremente sin tener que estar procesando información ajena todo el rato. Qué liviandad. Qué gusto. Cómo extrañaba esta sensación.

La tercera etapa fue la más larga, 30 km y esta vez sin río en el que parar a nadar. Entré en Cee agotada, en ese cansancio fluyeron mis lágrimas. Lloraba por mi cansancio, por mi cuerpo, y por la emoción de estar consiguiendolo aunque fuera cojeando a ratos.

La siguiente etapa, una delicia, las playas y el mar, las nubes jugando a resplandecer con el mar, todo parecía brillar. Llegar al cabo de Finisterre inevitablemente te lleva a pensar en todas las que llegaron antes que tú. Por la noche, la Vía Láctea siempre señalando el camino. Abracé árboles en silencio mientras pensaba en todos los que en otros lugares estaban ardiendo. También seguí dándole vueltas al apasionante tema de la conciencia de los recién nacidos y el ponerse en la piel del bebé. Entre eucaliptos, seguí aprendiendo. Recibí algunos regalos cuando menos lo esperaba: unos arándanos preparados al borde del camino, una acuarela preciosa que un bello joven me regaló al pasar, y algunos más…

Aprendizajes sencillos y profundos. La breve experiencia de vivir en comunidad con 14 personas compartiendo el camino, alguna decía que había sido como entrar en Gran Hermano. La delicia de recuperar conversaciones sin interrupciones de teléfono, el caminar conversando con quien te mira a los ojos y pone atención en la escucha. Qué gozada caminar con este grupo de gente hermosa. Y al final el convencimiento de que los móviles son como los hombres grises de Momo: nos roban el tiempo de vida para fumárselo ellos.

Caminar y seguir caminando. Escuchar el cuerpo y sentir la emoción con el deseo de los nuevos proyectos que empiezan a brotar. La promesa de cuidar las semillas. La pena al volver y el consuelo que me da saber que ahora y siempre habrá peregrinos caminando por esos caminos. Eso y que sé que, tarde o temprano, regresaré al camino.

Gracias compañer@s

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