La noto nerviosa, inquieta. Se ha cambiado de ropa tres veces ya, finalmente se ha puesto ese abrigo que tanto me gusta porque pesa mucho y le da un calorcito que llega hasta aquí. Será que hoy toca ir al lugar donde más nos molestan. Todavía recuerdo la vez que allí tumbada le dijeron que yo sería un varón. Ella se quedó muy callada y yo desde dentro sentí su decepción. Padre sin embargo se alegró mucho y allí mismo empezó a hablarme en voz alta delante de todo el mundo. Luego al llegar a casa ella se metió bajo la ducha de agua caliente y me acarició, me dijo que no me preocupara, que me querría igual. Eso fue hace mucho, cuando yo andaba todavía formando mis huesos y ni siquiera tenía pestañas. El caso es que desde entonces hemos vuelto a ir a ese sitio que no le gusta varias veces y ya sé anticiparlo, porque siempre se pone nerviosa antes de ir.

A mí, sin embargo, no me disgusta acudir. La última vez que fuimos me pasó algo sorprendente: me pareció que había cerca unos cuantos como yo. Me esforcé por comunicarme con ellos, por hacerme notar para saber si ellos también sentían mi presencia, pero no lo conseguí. Si hoy volvemos al mismo lugar estaré muy atento.

Hemos salido a la calle y entrado bajo tierra, al lugar más ruidoso de este mundo. Hoy no viene padre. Madre está cansada pero no ha podido sentarse en todo el trayecto. Yo he procurado no moverme para no cansarla más todavía. Había mucha gente, pero dos hombres se han puesto a cantar y a vibrar unas cuerdas y madre ha comenzado a mover un pie y darme palmadas, se ha alegrado. Al salir del subterráneo iba cantando por lo bajini, creo que sólo yo podía escucharla. ¡Me gusta tanto cuando canta!

Hemos entrado en el sitio que le disgusta y yo he decidido permanecer despierto y atento. Es un lugar donde sé que algunas almas están como encogidas, tal vez a punto de retornar. Cuando por fin madre se ha sentado lo he vuelto a notar, ha sido como la otra vez, pero más intenso todavía: había dos seres como yo bien cerca. He sabido que estaban los dos en la misma madre, un niño y una niña. El niño estaba dormido, pero la niña también ha notado mi presencia y hemos empezado a comunicarnos lentamente. Me ha transmitido su confusión y su miedo, pero no he logrado saber por qué. Luego han llamado a madre y hemos entrado en otro lugar, se ha tumbado en una cama estrecha. Han puesto una cinta sobre su vientre y de repente me he dado un susto enorme: ¡oía el latido de mi corazón fuera de nosotros! Se escuchaba a todo volumen. He tenido que llevarme las manos a los oídos y entonces no podía poner mi atención en seguir buscando a otro como yo. Nos han dejado así mucho tiempo y madre se ha dormido. Luego, cuando el ruido ha cesado, he sentido que había otra niña en una madre muy cercana. He intentado avisarle, le he dicho que no se asustara si de repente escuchaba su latido por todo lo alto. Ella me ha contado que ya está acostumbrada, que ha venido aquí muchísimas veces, que empezó a venir cuando ni siquiera tenía dedos en los pies. Me ha dicho que en el piso de arriba pasan cosas terribles. Por lo visto algunos de los nuestros salen en este lugar y entonces se los llevan lejos de su madre y les ponen en unas cajas frías. Dice que los de fuera se piensan que no nos enteramos de nada, y que no nos hacen ni caso cuando protestamos. Nos ignoran y les importa poco o nada nuestro miedo y sufrimiento. Por lo visto no todos son así, algunas personas sí que nos cuidan y nos hablan cuando nadie los ve, lo hacen a escondidas. Y algunos adultos se empeñan en dejarnos con nuestras madres y procuran que nadie nos moleste.

Madre se ha despertado y luego nos hemos ido a la calle. He intentado contarle lo que me ha dicho esa niña, pero no estoy seguro de que me haya entendido, aunque sí que he notado que se ha asustado un poco y su corazón se ha acelerado un rato.

Al llegar a casa hemos comido con padre. Luego nos hemos tumbado y padre le ha abrazado y se ha asomado por aquí. Mi hogar se ha sacudido como cada vez que él entra, me encanta sentir estos abrazos que me da madre cada vez que esto sucede. Me gusta cómo me mecen entre los dos y como parece que todo se detiene otra vez. Me recuerda mucho a la primera vez, el instante en que decidí venir aquí y elegí quedarme con ellos. Es bonito y hoy al sentirlo se me ha ido la preocupación por lo que me ha contado esa bebé en el lugar de los disgustos.

Cuando madre está bien yo me dedico a crecer y a dormir. Pero ya no me queda mucho sitio y creo que pronto llegará el momento de irme de aquí. No sé cómo lo haré, pero confío en que madre me ayudará. No recuerdo ya como era respirar fuera del agua, tampoco me puedo imaginar cómo será volver a ser uno solo otra vez. Sé que pronto dejaré de recordar de donde vengo y entonces tendré que ponerme otra vez a avanzar a ciegas una vez más, ¡tantas ya! He pensado en hacerme una mancha en la piel para no olvidar lo que he entendido aquí.

Mi casa ha empezado a temblar sin que haya entrado padre. Cada vez tiembla más. Madre no para de moverse, se levanta, se sienta, se tumba, vuelve a levantarse, camina. Con sus dos manos se apoya en mis costillas. Yo he bajado la cabeza y ya no la puedo girar. Cada vez me aprieta más. Padre está cerca y habla con alguien que no conozco. Estoy más despierto que nunca. Entonces madre me empuja y ya sólo me puedo deslizar. Cierro los ojos, salgo y empiezo a respirar. Madre me recoge, toca mi piel, me pone en su regazo y me dice que todo está bien. Yo le miro y recuerdo como es llorar.

 

PD: puedes dejarme tus comentarios a este relato o al cuadro de Susanna Carmona que lo acompaña, ¡gracias!

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13 comentarios en “Desde dentro”

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