Maternidades precarias, de Diana Oliver

“Las preguntas adecuadas”, se titula el texto de Silvia Nanclares que prologa el libro Maternidades precarias de Diana Oliver, y en él se dice:

“necesitamos más madres preguntonas, más madres reflexivas, más maternidades puestas al sol, al aire, con las heridas fueras hasta que se haga costra en compañía, con el gozo al aire para que se sepa todo, y no solo la dificultad implícita, las quejas y los miedos insalvables”.

Un prólogo perfecto, escrito “con múltiples interrupciones de una madre puérpera con dos pequeños y que revindicamos orgullosas” para un libro muy necesario y que viene a ser como la voz del niño del cuento que señala que el emperador va desnudo mientras los adultos cantan alabanzas al supuesto traje que no lleva. Eso hace Diana, como si su nombre le hubiera ayudado en esta escritura, da en la diana, señala lo que todos vemos, pero (casi) nadie se atreve a nombrar: maternar y criar, hoy aquí y ahora es dificilísimo, semi imposible, agotador, demencial. Y encima un privilegio, porque para colmo, como bien afirma la autora, muchas mujeres ni siquiera pueden planteárselo: “la maternidad será deseada y no será”. Una más de esas verdades como puños que atraviesan este libro, como cuando nombra su propio “privilegio precario”.

Desde su propia experiencia como madre de dos y periodista freelance, Diana va desvelando todas las contradicciones, violencias, incoherencias y absurdos que condicionan nuestras vidas de madres y sobre todo las de los más pequeños. En un recorrido breve pero completo, perfectamente escrito, hace una síntesis magistral de todo lo que está mal con la maternidad y los cuidados en nuestra sociedad, especialmente en las grandes ciudades.

“Se habla de tener una habitación propia, pero yo ni siquiera he llegado a tener un escritorio propio”

Con contundencia va visibilizando esa precariedad que “quizás sea una trituradora de expectativas”. Los oxímoros cotidianos como lo de “trabajar en casa con niños”. Duele especialmente leer como a las 24 horas de parir a su hijo, estaba en el ordenador trabajando como cualquier otro día: ”le ponía sobre mi pecho y tecleaba como si no hubiera sentido que me partía en dos unas horas antes cuando su cuerpo salía de mi”. ¡Ay Diana, me recuerdas a mi misma y a tantas comadres!

Siento este libro precioso como un hermano de Palabra de madre, un paso más en esta conversación que necesitamos todas para desmontar por fin este patriarcado tan tóxico y dañino para todos. Cada una llevamos como mejor podemos nuestras renuncias y soledades, nuestras culpas maternas. Pero conforme vamos nombrándolas se descubre que el traje del emperador no existe, que los bebés no se crían solos, que nada ni nadie puede reemplazar el cariño, cuidado y tiempo lento que requiere la crianza humana, necesariamente basada en el amor.

Como aperitivo al libro, os recomiendo escuchar este breve discurso que dio Diana hace pocos días y que termina con esta frase para enmarcar:

Reconocer el cuidado como lo que es: esa labor enorme que sostiene el mundo.

Gracias Diana.

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