Carta a paciente aislada (4): la pandemia personal

Para C.M.

Querida paciente:

A ver como escribo esto, ahora que la paciente eres tú, colega, compañera, amiga médica; enferma aislada por coronavirus contraído en acto de servicio. «Lo sabía», decías antes de tener la confirmación del test. Si, creo que las dos lo sabíamos, que era inevitable que te contagiaras después de lo vivido las últimas semanas en que has atendido a tantísimos pacientes infectados por este Covid. Lo sabíamos, pero pese a ello me ha dolido, ¡lo siento mucho! Espero, confío en que te recuperes pronto y bien. Ahora que me siento a escribirte me vienen tantas cosas a la cabeza… ¡a ver si logro escribirte algo coherente y ordenado, sin caer en los tópicos! Me gustan tanto nuestras conversaciones sobre la medicina como nuestros largos paseos, así que esta carta va a ser una continuación de esas charlas andantes en las que tantas vueltas le damos a todo lo humano y, un poco también, a lo divino.
Pensaba en la entrega, en la tuya y en la de todos los compañeros médicos, enfermeros, sanitarios que estáis ahí a pie de cama. En lo mal que me he sentido yo por no estar ahí, en la impotencia mía y de muchos compañeros psiquiatras o de otras especialidades, en todo lo que hemos hablado y seguimos hablando estos días entre médicos sobre la entrega, el riesgo, el sacrificio, los cuidados, la medicina que tanto nos gusta.
El otro día comentamos este texto tanto bonito:

“Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a tomar algo o buscar comida.  Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane.
Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, le ha llevado a un lugar seguro y le ha ayudado a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización«.

El caso es que busqué en Google más sobre esa cita, y resulta que el autor de la cita es Ira Byock: un médico de paliativos estadounidense. Me he puesto a leer sobre él en su web, dirige el “Instituto para el cuidado humano” (Institute for Human Caring), en Providence, California.  Una referencia, mira:

“Nuestro objetivo es ofrecer a los médicos los recursos, la capacitación y el apoyo que necesitan para tener conversaciones significativas con los pacientes y las familias acerca de las preocupaciones y los deseos subyacentes relacionados con la enfermedad, para que juntos puedan desarrollar el mejor enfoque para la atención. También queremos ayudarles a que se cuiden mejor, a que sepan cuidar cuando sus seres amados están enfermos y en el afrontamiento de la enfermedad terminal, la muerte y el duelo”.

El caso es que la última columna de Byock es de esta semana, se titula “Esta pandemia es personal” y en ella habla de su confinamiento, de que sabe que tanto él como su mujer (69 y 73) tienen varios factores de riesgo para morir por coronavirus, y de lo posible que es que el mismo muera en este mes o en los próximos. Dice que para él en este momento la tarea está clara; además de seguir con su trabajo desde casa en las próximas semanas, se dedicará a hacer llamadas para “expresar mi amor en preparación”. Habla de sus clases en medicina y de como gracias a sus pacientes terminales y a la meditación budista ha aprendido que cuando afrontamos la muerte es cuando empezamos a vivir plenamente. Si, coincidimos en esa reflexión, que se parece a la frase que tanto me gusta y cito siempre de Elizabeth Kübler-Ross: “Si huimos del dolor huimos también del bienestar y si huimos de la muerte huimos también de la vida”.
Precisamente un discípulo de Kübler-Ross, David Kessler, dice que el mundo ya no será el mismo cuando la pandemia pase, que nuestras vidas han cambiado para siempre. Que estamos atravesando un duelo, un fenomenal duelo colectivo. Hemos perdido nuestras vidas tal y como las conocíamos, y no tenemos ni idea de que vendrá luego. Kessler lo compara con lo que supuso el 11 de septiembre del 2001, dice que en el futuro nos diremos: “¿recordáis nuestras vidas antes de la pandemia? ¿Te acuerdas de cómo nos abrazábamos?”.
Si, lo hemos hablado también. Como estos días hemos atravesado la sociedad entera varias de las fases clásicas del duelo: el shock con su aturdimiento, la negación, la rabia y la tristeza…Lo complejo, señala Kessler, es que en esta pandemia muchos perderán seres queridos, pero el resto también perderemos o hemos perdido ya la vida que conocíamos.
Por ahí si que creo que los psiquiatras y médicos más acostumbrados a atender la muerte y el duelo podremos ser de ayuda.  Tendremos que recordar que en el duelo ya no hablamos de fases, como hacían los clásicos, sino de tareas. El duelo va de aprender a aceptar la pérdida, a convivir con ella,  y para lograrlo uno tiene que encontrar la manera de recolocar al ausente, de expresar las emociones, de ir hasta el fondo de cada una de ellas…Atravesar los duelos con los ojos abiertos, nombrar la muerte, el miedo, llorar la tristeza, expresar la rabia, asumir la decepción mientras se va alejando el momento inicial de muerte o pérdida que transformó nuestras vidas….No queda otra, pero es mejor y más saludable hacerlo así, sabiéndonos sujetos activos de nuestro duelo, asumiendo la tarea, en vez de pensar que es algo pasivo o que nos pasa. Lo mismo cuando la pérdida no es de un ser querido, pero de la vida tal y como la conocíamos. En los próximos meses nos tocará escuchar muy atentos, con el corazón abierto y sin juicios, hasta encontrar las perlas que siempre aparecen en el duelo y que nos señalan el camino hacia esa vida que, como esta primavera, sigue fluyendo y brotando en cada esquina.
He terminado hoy de leer otro libro maravilloso sobre la medicina, la entrega y la muerte: «El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince. Cuenta la vida de su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista asesinado en Medellín en agosto de 1987 por su incansable de los derechos humanos. Ha sido la primera vez que he visto plasmado en un libro esa reflexión que a menudo nos hacemos sobre dónde está la fina línea entre la sana entrega, el amor al prójimo y el martirio o el abandono. En uno de sus textos Abad Gómez escribió:

“Hay una fuerza interior que los impele a trabajar a favor de los que necesitan su ayuda. Para muchos esa fuerza se constituye en la razón de su vida. Esa lucha le da significado a su vida. Se justifica vivir si el mundo es un poco mejor, cuando uno muera, como resultado de su trabajo y esfuerzo, Vivir simplemente para gozar es una legitima ambición animal. Pero para el ser humano, para el Homo Sapiens es contentarse con muy poco. …Como células que somos de ese gran cuerpo universal humanos, somos sin embargo conscientes de que cada uno de nosotros puede hacer algo por mejorar el mundo en que vivimos y en el que vivirán los que nos sigan….”

Mejorar el mundo, eso haces a diario, y no es un tópico. Gracias.
En fin, ya vale por hoy, que debes de estar cansada con tu febrícula en cama. Que te mejores pronto, que sigamos conversando, y que esta pandemia nos traiga muchas cosas buenas. Estoy convencida de que así será. Mientras yo voy a seguir pensando en todo esto, sobre todo en la gente que muere sola, en como ayudar y en como prevenir el trauma, de profesionales y familiares, espero escribir sobre ello en los próximos días. ¡Te seguiré contando!
Con amor,
Ibone

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5 comentarios en “Carta a paciente aislada (4): la pandemia personal”

  1. Carmen escribano maíllo

    Ibone….leerte esta mañana desde Abarca, m ha sosegado, tengo a mi kerida hermana en la UCI en Salamanca y llevamos 36h. Sin saber nada , que esto sirva para » algo» Necesito encontrar un sentido

  2. Maria Aurelia

    Gracias Ibone, los tiempos que cursan y los que vendrán nos tendrán ocupados pensando cómo acompañar tantos duelos; los propios y los ajenos. Todos humanos.

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