Este nuevo libro, Los barrios del buen vivir, de la arquitecta Izaskun Chinchilla, es toda una propuesta política. Revolucionaria, utópica, preciosa y potente. Pasa por revisar los principios de la crianza con apego y llevarlos al urbanismo para repensar las ciudades de una forma que sea cuidadosa y respetuosa con las necesidades de las criaturas, de las madres, y de esa manera rediseñar los espacios públicos de maneras más saludables y amables para todos y todos desterrando el adultocentrismo imperante. “La ciudad que facilita la crianza con apego, no solo mejora la vida de la infancia, sino que establece las bases de una ciudadanía más resiliente” sostiene.

Con Izaskun Chinchilla en la exposición Bienestar en la Ciudad, Madrid.

El planteamiento me ha encantado. Parte del concepto quechua  Sumak Kawsay o buen vivir, que va mucho más allá del bienestar particular al incorporar lo colectivo, comunitario y relacional. El libro es completísimo y está muy bien documentado. Recoge experiencias de todo el mundo. Chinchilla sabe bien de lo que habla, se presenta así misma como: “autora que valora por encima de sus méritos y hallazgos  profesionales y académicos su experiencia como madre”. Ha recorrido medio mundo con esa mirada de madre y arquitecta urbanista, en ocasiones con una criatura o dos que llevaban años de lactancia, y desde ese lugar lanza estas “Propuestas para rehabilitar y diseñar los barrios a partir de ocho funciones primordiales de la vida: nacer, criar, dormir, comer, sanar, jugar, cortejar y caminar.”

Cada una de esas funciones vertebra un capítulo, que además ilustra con un cuadro del museo Thyssen que sirve para visibilizar como podrían ser o ya fueron las cosas. Hay propuestas originales y divertidas, algunas utópicas, otras ya se han hecho realidad en diferentes países y continentes. El capítulo dedicado al criar se centra por ejemplo en los espacios públicos para amamantar (criticando como, con frecuencia, se excluye a las madres pidiéndoles que se recluyan en salas de lactancia alejadas u ocultas).

“La lactancia, como practica fundamental para la salud colectiva, necesita ser sostenida no solo por políticas sanitarias, sino por ciudades que la hagan posible y visible…Recuperar la lactancia en la ciudad implica repensar el espacio público como lugar de cuidado y no solo de consumo o movilidad”.

A mi, que tengo la dudosa virtud de dormirme en todas partes y que siempre ando buscando lugares para echar una buena siesta, me ha entusiasmado especialmente el capítulo dedicado al DORMIR, donde reflexiona sobre todo lo que implica poder dormir en lugar públicos, a nivel de cuidado colectivo, y de facilitar esos espacios:

“Proteger el descanso en espacios públicos adquiere así un valor político explicito. Garantizar que cualquier persona pueda reposar sin ser sancionada implica reconocer el descanso como un derecho fundamental, inseparable del derecho a la ciudad. Bancos accesibles, zonas de sombra, parques y espacios tranquilos dejan de ser meros elementos decorativos para convertirse en infraestructuras de justicia social”.

Pero también he aprendido muchísimo con sus reflexiones sobre el comer en sitios públicos (vivan los picnics) y los espacios para jugar (¡adultos incluidos!) e incluso cortejar: crear y fortalecer vínculos, amorosos y o amistosos.

Me encantaría que esta propuesta llegara a todos los ayuntamientos de este país. De hecho, el buen vivir tendría que reflejarse y desarrollarse en la buena política. Ojala las personas que se dedican a la política pongan la atención en todos estas cuestiones y propuestas de forma urgente, las estudien, las debatan, las adapten y las implementen para mejorar las condiciones de vida en las cada vez más hostiles ciudades.

El libro se acompaña de una exposición preciosa en Madrid: Bienestar en la Ciudad, en la Casa de la Arquitectura (Paseo de la Castellana, 67). Os animo a visitarla si estáis o pasáis este verano por Madrid, se podrá ver hasta el 20 de septiembre.

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