“Lo peor que le puede pasar a un recién nacido es que le separen de su madre”. La frase del neonatólogo Nils Bergman, investigador referente a nivel mundial, sintetiza muy bien toda la evidencia científica actual que demuestra lo doloroso que es para los bebés ser separados de su madre nada más nacer. Las consecuencias son más dañinas y las secuelas más graves, obviamente, cuanto más prolongada es la separación. Precisamente por toda esa evidencia ya sólo situaciones de cierta gravedad médica justifican esa separación inmediata.

Lo que el bebé vive en el embarazo, en el parto y en los primeros días de vida deja una huella muy importante en su vida psíquica y condiciona en muchos aspectos su desarrollo cerebral. Toda una serie de mecanismos neuro hormonales hacen que nada más nacer los bebés esperen encontrarse con su madre, reconocerla, olerla, mirarla a los ojos, e idealmente, iniciar la lactancia. El estrés de la separación prolongada de la madre puede dañar el desarrollo cerebral del bebé y condicionar su salud de por vida. Muchos de los niños que han sido adoptados sufrieron esas separaciones tempranas y traumáticas de la madre lo que a veces favorece trastornos del vínculo o alteraciones muy graves de la conducta en la infancia o adolescencia que pueden ser muy difíciles de tratar: suelen ser precisos años de terapias. Los que nos dedicamos a la psiquiatría infantil lo sabemos bien. Obviamente hay una mayoría de niños-as adoptados que crecen saludablemente y sin secuelas del abandono inicial, pero también hay una minoría que sí tiene dificultades muy severas y/o graves trastornos de conducta, independientemente de cuanto les quieran y cuiden sus familias adoptivas.

Comparar adopción y subrogación me parece especialmente tramposo. El abandono o rechazo que precede a la adopción, es decir, que una madre (¡y un padre!) abandonen o no se hagan cargo de su bebé, es algo que, si eres el/la hijo-a “te pasa”. Que decidan gestarte en el vientre de una madre de la que te separarán nada más nacer es algo que “te hacen”. En el primer caso, adopción, tu familia adoptiva reparará ese daño aceptándote y queriéndote. En el segundo, subrogación, tu familia decide hacerte pasar por ese embarazo y parto con separación posterior causándote ese daño de la separación, poniendo por encima de todo su presunto derecho a ser padres.

El bebé gestado por subrogación, al igual que todos los de nuestra especie, espera encontrarse al nacer con la mujer que le ha gestado y que para él es su única madre. Ser separado de ella nada más nacer y probablemente no volverla a ver suponen un trauma y una pérdida enormes: equivalentes a que su madre muera en el parto. Las experiencias de los bebés que fueron robados por la dictadura en Argentina y recuperaron su identidad al llegar a la edad adulta son ilustrativas. Incluso los que fueron criados por familias amorosas crecieron con ese “ruido en la cabeza”, esa sensación de pérdida, esa añoranza enorme de alguien que no sabían nombrar y resultó ser su madre.

Separar al recién nacido de su madre sin que haya una razón médica de peso se considera violencia obstétrica. Como tal se recoge en las leyes de los primeros países que han legislado en torno a esta violencia (Venezuela, México, Argentina): “Obstaculizar el apego precoz del niño o niña con su madre, sin causa médica justificada, negándole a ésta la posibilidad de cargarlo o amamantarlo al nacer”.

La gestación subrogada supone que el bebé lo geste una mujer que no lo va a criar y que, a cambio, recibe un ingreso económico. Al bebé le afectará enormemente cómo viva psicológicamente la gestante el embarazo. Para comprender lo que conlleva podemos intentar imaginarnos la misma situación con un bebé ya nacido. ¿Dejaría alguien a su bebé nueve meses de vida al cuidado exclusivo de una desconocida en un país lejano? Si esa mujer lo cuidara amorosamente ¿cómo se sentiría el bebé al tener que separarse de ella? ¿Cuánto la echaría de menos, la extrañaría, querría volver a verla? ¿Cómo le afectaría despedirse de ella? ¿Qué momentos, qué situaciones le recordarían a su cuidadora y le harían sentir un inmenso anhelo de volver a verla, escucharla, abrazarla? ¿Y si la mujer no le cuidara amorosamente?  Si esa cuidadora estuviera agobiada o estresada por mil razones y descuidara, hablara mal al bebé, le insultara o le ignorara, ¿cómo se sentiría el bebé durante los nueve meses? ¿Cómo sería su vida tras ese tiempo con la cuidadora de un país lejano a la que no volvería a ver en su vida?¿Alguien dejaría a su bebé nueve meses al cuidado de una desconocida en un país lejano?

La gestación subrogada conlleva infringir una herida psíquica enorme a un recién nacido (no sólo, también a su madre, pero de eso hablaré en otro post). Separarle de la madre que lo gestó, y mantener la separación. Desde el punto de vista del recién nacido no solo es una agresión injustificable éticamente. Además, es arriesgado, y previsible que algunos de estos bebés puedan sufrir secuelas psíquicas y/o dificultades para los vínculos afectivos el resto de sus vidas. Incluso en los casos de gestación “altruista”, como Canadá, hay gestantes que expresan: “disfruté mucho del embarazo, pero nunca sentí una conexión maternal”. ¿Quién puede pensar que eso no afecta al desarrollo del bebé?

PD: A las familias que ya habéis tenido a vuestros hijos por subrogación: informaros. Estad atentos. Observad, cuidad, amad a vuestros hijos-as. Potenciad los vínculos, pero no neguéis la realidad ya creada y las posibles consecuencias y/o secuelas. Pedid ayuda a psicólogos-as expertos en apego y trauma infantil en cuanto os parezca preciso. Sed conscientes, sed sinceros.

Ibone Olza. Psiquiatra Infantil y Perinatal

 

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168 comentarios en “La gestación subrogada es violencia”

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